Para la Reflexión


La misión universal
Engendrados por nuestra Iglesia
El apoyo de la Iglesia-madre
La Iglesia Diocesana, sujeto de la misión
Una jornada anual

Para trabajar en grupo

En el libro de los Hechos se narra cómo la Iglesia de Antioquia designa durante una liturgia los primeros misioneros, Pablo y Bernabé. Los miembros de esa Iglesia advierten que el Espíritu Santo les ha elegido, les imponen las manos y los despiden. Fue el comienzo de la misión. Partiendo de esa comunidad de origen en Antioquía, Pablo y Bernabé comenzarán a anunciar la palabra de Dios (cfr. Hch 13,1-5).

La misión universal

Desde los tiempos apostólicos, cada Iglesia local ha sentido, por obra del Espíritu, la necesidad de anunciar la Buena Nueva a todas las gentes, enviando a alguno de sus miembros como misioneros, testigos de Jesucristo en otros lugares. «En sus orígenes —explica Juan Pablo II— la misión es considerada como un compromiso comunitario y una responsabilidad de la Iglesia local, que tiene necesidad precisamente de misioneros para lanzarse hacia nuevas fronteras» (Enc. Redemptoris Missio, 27).

Es la fuerza del Espíritu Santo la que impulsa a cada Iglesia a superar los límites de su propio territorio y la empuja hacia la misión universal. El don del Espíritu hace superar los particularismos y las cerrazones, abriendo su conciencia misionera al horizonte del mundo entero.

En nuestra propia Iglesia Diocesana son muchos los hombres y mujeres que, a lo largo de los siglos, han sido enviados como evangelizadores a distintos lugares del mundo. Y son numerosos los que han partido y, en estos momentos, se encuentran en esas tierras de misión proclamando la Buena Noticia. Ellos son signo de la vitalidad de nuestra Iglesia y de la acción del Espíritu Santo en ella.

En efecto, si nuestra comunidad cristiana se limitara al anuncio de Jesucristo sólo en su territorio, sería un síntoma de asfixia y de falta de esperanza. Cuando una Iglesia local se abre a horizontes universales y siente en sí la llamada de la misión universal, es renovada y rejuvenecida. «Toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de los demás. La colaboración entre las Iglesias, por medio de una reciprocidad real que las prepare a dar y a recibir, es también fuente de enriquecimiento para todos» (Enc. Redemptoris Missio, 64).

Los misioneros y misioneras que partieron desde nuestra Diócesis a la misión universal son signo de la implicación de nuestra Iglesia en la misión. Ellos han puesto toda su vida al servicio de la evangelización.

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Engendrados por nuestra Iglesia

Estos misioneros y misioneras nacieron en nuestra tierra y entre nosotros creció y se alimentó su fe. A muchos los conocemos, porque son nuestros paisanos o nuestros compañeros. De otros sólo conocemos su nombre o su lugar de trabajo. En cualquier caso, los sentimos como parte de nuestra Iglesia, como algo nuestro. Ha sido nuestra Iglesia local —la Iglesia que está en Orihuela-Alicante— la que les ha engendrado para la fe y la que ha fomentado y cuidado su vocación particular para la misión. Desde esta Iglesia-madre han partido para anunciar la fe. Por eso los sentimos como parte de nuestra familia; son cristianos junto a nosotros que se han lanzado a la aventura de evangelizar lejos de su hogar.

Muchos de ellos pertenecen a Congregaciones religiosas o Institutos Misioneros, en los que han desarrollado esa especial vocación. Otros son sacerdotes de nuestra Diócesis que han marchado para colaborar con otras Iglesias particulares que los necesitaban. Algunos se encuentran en las Diócesis de Chimbote y Carabayllo en Perú, con quienes nos unen lazos especiales. Otros ejercen su ministerio a través del Instituto Español de Misiones Extranjeras. Finalmente, también hay laicos y laicas que ejercen su servicio como misioneros y misioneras seglares, en contacto estrecho con nuestra Iglesia Diocesana.

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El apoyo de la Iglesia-madre

Los sentimientos de vinculación y de unión nos conducen también a sentirnos particularmente responsables de los misioneros y misioneras diocesanos. De nuestra Diócesis recibieron el impulso misionero, que nos compromete a acompañarlos. Una Iglesia que de verdad se sabe «madre» no se limita a enviar a los suyos, sino que tiene que respaldar continuamente su acción.

La Iglesia primitiva entendía y vivía la misión como un tarea de toda la comunidad, aunque en su seno hubiera enviados especiales como Pablo y Bernabé. Por eso, cuando regresaron de su primera misión, reunieron a la Iglesia de Antioquía, su Iglesia-madre, «y se pusieron a contar todo cuanto Dios había hecho juntamente con ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe» (Hch 14,27).

Es de justicia que recordemos y apoyemos a los misioneros y, particularmente, a aquellos que surgieron de entre nosotros.

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La Iglesia Diocesana, sujeto de la misión

Cada Iglesia Diocesana es sujeto propio y genuino de la misión, responsable primordial de la misma. Toda comunidad cristiana ha de sentirse implicada en la misión. «La evangelización misionera constituye el primer servicio que la Iglesia pueda prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual» (Enc. Redemptoris Missio, 3). Cuando alguien toma conciencia de lo que significa ser cristiano, se transforma inmediatamente en misionero.

Por ello, el espíritu misionero debe estar presente en cada acción de nuestra Iglesia, en cada proyecto pastoral, en la vida de cada comunidad parroquial o educativa. La animación misionera tiene que ser «elemento primordial de la pastoral ordinaria» (Enc. Redemptoris Missio, 83).

La participación en la misión universal es signo de la madurez en la fe y en la vida de una Iglesia particular. La apertura misionera «renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones» (Enc. Redemptoris Missio, 2).

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Una jornada anual : 10 Abril de 2005


Con el fin de recordar y hacer efectiva esta responsabilidad en la misión y de apoyar la acción de los misioneros, nuestra Diócesis ha promovido una Fundación y ha instituido una Jornada. La Fundación «Misión y Promoción» pretende ser un servicio estable de ayuda a los misioneros y misioneras de nuestra Diócesis. La Jornada del Misionero Diocesano se celebra cada año en el tercer domingo de Pascua. En esta Jornada recordamos nuestra responsabilidad en esa misión a la que han sido enviados miembros de nuestra comunidad.

• Lo hacemos con nuestra oración por ellos, que es el principal medio de comunión entre nosotros. San Pablo pide frecuentemente en sus cartas que recen por él, para que pueda anunciar el Evangelio con confianza y franqueza.

•Otra manera de celebrar esta Jornada es acrecentar nuestro conocimiento de estos hombres y mujeres que están en la primera línea de la misión y de la tarea que desarrollan.

•Finalmente, es necesario también nuestro apoyo económico, que en la Diócesis tiene el cauce de la Fundación «Misión y Promoción», dedicada principalmente a respaldar económicamente la labor de nuestros misioneros y misioneras. Las necesidades de nuestros misioneros en el cumplimiento de su tarea evangelizadora y de promoción del desarrollo integral de las personas, especialmente de los más pobres, son muchas.

Al recordar a sus misioneros y misioneras, nuestra comunidad diocesana se sabe y reconoce como Iglesia-madre, llamada a apoyar, promover y sostener la labor que hijos e hijas suyos realizan en lugares lejanos.

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Para trabajar en grupo

1. Leer en el libro de Hechos de los Apóstoles (13,1-5) el envío misionero de Pablo y Bernabé. ¿Cuál es el origen de la misión?, ¿qué papel tiene la comunidad local?, ¿quién es el protagonista principal de la misión? Se puede leer también Hch 14,17s, donde se cuenta el regreso tras la misión.

2. En la Encíclica Redemptoris Missio, Juan Pablo II hace una llamada para que ninguna Iglesia se encierre en sí misma, sino que se abra a la universalidad de la Iglesia. Leer y comentar este texto. ¿Cuáles son los peligros de una Iglesia que se cierra a la misión?, ¿cómo fomentar la apertura de nuestra Iglesia particular a las necesidades de otras Iglesias?

«Cooperar con las misiones quiere decir no sólo dar, sino también saber recibir: todas las Iglesias particulares, jóvenes o antiguas, están llamadas a dar y a recibir en favor de la misión universal y ninguna deberá encerrarse en sí misma: “En virtud de esta catolicidad —dice el Concilio—, cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes aumenten a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad […] De aquí se derivan […] entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas temporales” (LG, 13). Exhorto a todas las Iglesias, a los Pastores, sacerdotes, religiosos y fieles a abrirse a la universalidad de la Iglesia, evitando cualquier forma de particularismo, exclusivismo o sentimiento de autosuficiencia. Las Iglesias locales, aunque arraigadas en su pueblo y en su cultura, sin embargo deben mantener concretamente este sentido universal de la fe, es decir, dando y recibiendo de las otras Iglesias dones espirituales, experiencias pastorales del primer anuncio y de evangelización, personal apostólico y medios materiales. En efecto, la tendencia a cerrarse puede ser fuerte: las Iglesias antiguas, comprometidas en la nueva evangelización, piensan que la misión han de realizarla en su propia casa, y corren el riesgo de frenar el impulso hacia el mundo no cristiano, concediendo no de buena gana las vocaciones a los Institutos misioneros, a las Congregaciones religiosas y a las demás Iglesias. Sin embargo, es dando generosamente de lo nuestro como recibiremos; y ya hoy las Iglesias jóvenes —no pocas de las cuales experimentan un prodigioso florecimiento de vocaciones— son capaces de enviar sacerdotes, religiosos y religiosas a las antiguas» (n. 85).

3. En nuestra comunidad concreta, ¿cómo se manifiesta el compromiso con la misión universal?, ¿qué podemos hacer para que se incremente?

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