Sal a los cruces de los Caminos… Hasta que la Casa se llene
 
 
Oración
 
Señor, tú has preparado la mesa de la vida
para que todo hombre sea feliz.
Tú, Señor, has preparado la Mesa de la Eucaristía,
para que el hombre pueda sentarse contigo a la Cena.
Tú nos llamas a convocar a la Mesa de la Vida,
Tú nos envías a convocar a los hombres de nuestro tiempo
a la Mesa de la Eucaristía,
para que puedan compartir el pan con sus hermanos
en la mesa de su Padre, Dios.
Tú quieres que vayamos a las plazas y las calles,
donde el hombre va de paso,
para convocarlo a la sala de tu Fiesta.
Tú quieres que lleguemos a los cruces de los caminos,
donde se deciden tantos proyectos de vida,
para convocar a cada hombre a tu Casa.
Señor, cuando volvamos solos y cansados
porque nadie nos escucha,
enséñanos a orar nuestros fracasos
para descubrir horizontes nuevos en la misión
que nos confías.
Y, cuando parezca, Señor que se llena la Sala de la Cena,
con la respuesta de los tuyos,
enséñanos a orar nuestros logros
para descubrir con ojos llenos de sorpresa y adoración
que siempre queda sitio en tu Casa,
porque tú no serás el Padre feliz de tus hijos
hasta que el pródigo retorne
y el mayor entre a la fiesta,
donde nos partes tu pan y nos bendices en torno a tu Mesa. Amén.
 
 
Lectura de la Palabra de Dios
 
 
«Un sábado entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos […]. Uno de los convidados […] le dijo:
Dichoso el que pueda participar en el banquete del Reino de Dios.
Jesús le respondió:
Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: ‘Venid que ya está todo preparado’. Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y necesito ir a verlo. Te ruego que me excuses’. Otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me excuses’. Y otro dijo: ‘Acabo de casarme y, por tanto, no puedo ir’. El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: ‘Sal de prisa a las plazas y a las calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’. El criado dijo: ‘Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio’. El Señor dijo entonces, sal por los caminos y las veredas y convence a la gente para que entre hasta que se llene mi casa. Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena» (Lucas 141.15-24).
 
 
 
1)             La hora de la cena
 
            Toda la vida de Jesús fue preparar esta Cena. Por eso, es tan importante la hora de la cena, porque da plenitud al trabajo en la viña. El día es el tiempo de la llamada a trabajar en la viña. La noche es el tiempo de la llamada a preparar la mesa del Señor. Pero, para que eso sea posible, es necesario que los siervos del Señor escuchen la llamada que les hace y respondan con todas las consecuencias a los distintos tiempos y misiones de esa vocación.
 
Ÿ La hora de la cena. Para Jesús, la hora de la Cena fue la gran convocatoria de toda su vida, la gran llamada del Padre, que guió todo su diálogo vocacional. ¿Es para nosotros la Eucaristía la gran llamada diaria y semanal? ¿Es un espacio de diálogo vocacional constante?
 
 
2)             Envió a sus Siervos a llamar a los invitados
 
La tarea del siervo es invitar a una mesa que está preparada. La tarea del cristiano es invitar a una mesa, la de la Eucaristía, que ha preparado Dios mismo: «Un hombre daba una gran cena e invitó a muchos. A la hora de la cena, envió a su criado a decir a los invitados: ‘Venid que ya está todo preparado’». La invitación empieza por los más cercanos. «Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse». Este primer diálogo vocacional queda frustrado desde el principio. El Señor invita al diálogo más entrañable, el que acontece en torno a la mesa de la Cena. Es un diálogo preparado con antelación. Ya ha tenido preámbulos, los invitados sabían que se estaba preparando el acontecimiento. Pero el diálogo queda frustrado, desde sus inicios, cuando Dios propone una mayor cercanía.
 
Jesús experimentó, en ocasiones, la ruptura de un diálogo vocacional que proponía mayor proximidad al Señor y mayor fidelidad a su proyecto de vida. Ocurrió con el joven rico. Jesús le había hecho llegar la cercanía de Dios con una entrañable mirada de cariño: «Jesús lo miró fijamente con cariño» (Mc 1021). Esta experiencia personal de Jesús también la tuvieron los discípulos. Por eso, el mismo Jesús les advirtió cómo actuar cuando se producía este rechazo al diálogo vocacional, que se inicia con el anuncio del Evangelio. El siervo, llamado y enviado, experimenta el fracaso de su misión y la frustración de la tarea que Dios mismo le ha encomendado. También Jesús les explicó a sus discípulos el sentido de estos rechazos al diálogo vocacional por parte de los hombres de su tiempo: «Quien os escucha a vosotros a mí me escucha. Quien os rechaza a vosotros a mí me rechaza. Y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 1016).
 
 
Ÿ Envió a sus Siervos a llamar a los invitados. Jesús convocó a la Cena con el anuncio del Evangelio. ¿Hemos descubierto ya nuestra llamada a convocar a la Eucaristía?
 
 
3)             El siervo le refirió todo lo sucedido a su Señor
 
Era una costumbre en la vida de Jesús. Cada cosa que realizaba o que iba a afrontar la oraba (cf. Mc 135-39). Así se lo enseñó también a sus discípulos. Por eso, la actitud del Siervo de la parábola es la más normal. Precisamente, el diálogo vocacional pone, con frecuencia, en el centro la misión que el Señor encomienda al hombre.
 
Ÿ    Hemos hecho lo que has mandado: Orar la misión. El enviado de la parábola no se frustra, ni se siente fracasado. Sencillamente, ora su trabajo, su tarea: «El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor». El trabajo que ha realizado el siervo es un fracaso. Como muchos de los trabajos que nosotros realizamos. Esa misma experiencia la tuvo Jesús. En casa de Mateo, los primeros llamados a estar sentados en la mesa, junto a Jesús, los fariseos y los escribas, los hombres justos, que esperaban el cumplimiento de las promesas de Dios, se negaron a hacerlo (Mt 99-13). El trabajo es un fracaso… Y así podría haber concluido la historia… pero orar el fracaso evangelizador ayuda al siervo a descubrir qué lugar ocupa en el proyecto de Dios. Y, por eso, escucha de Dios una nueva llamada: «Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos». Era necesario que fallasen los primeros invitados para que el siervo sintiese la necesidad de llamar a nuevos comensales. La sala del banquete era demasiado grande para los que estaban invitados… pero, ahora, es cuando se muestra en todas sus dimensiones: La sala del banquete… de la Eucaristía es espaciosa para acoger a los pobres, los lisiados, los ciegos y los cojos…
 
Ÿ    Aún queda sitio: Una nueva visión del mundo y de la Iglesia.La oración del siervo es una oración de discernimiento. Discierne la vocación. Pero también se actualiza la llamada al orar los logros evangelizadores o pastorales. Porque esta segunda convocatoria es un éxito. El éxito evangelizador también es orado: «Señor, se ha hecho lo que mandaste y todavía queda sitio». Orar los logros permite descubrir que no son tan rotundos… todavía queda sitio. Orar permite descubrir que la grandeza de esta sala del Banquete que es la Iglesia, siempre es mayor de lo que uno había calculado. La Eucaristía siempre tiene mayor capacidad de convocatoria de lo que alcanzan a mostrar nuestros trabajos evangelizadores. La Iglesia, sala de la cena, va mostrando nuevas capacidades, a medida que avanza la misión. Por eso, en la oración de discernimiento tras el éxito, siempre se escucha una nueva llamada: «Sal por los caminos y senderos e insísteles hasta que entren y se me llene la casa».
 
 
Ÿ Hemos hecho lo que has mandado y aún queda sitio. Las primeras convocatorias de Jesús acabaron en fracaso. Muchas convocatorias nuestras fracasan o fracasarán. ¿Se convierten para nosotros en un diálogo vocacional que nos muestra nuevos horizontes para nuestra misión? Otras convocatorias del Señor tuvieron respuestas masivas. Algunas de nuestras convocatorias también reciben una respuesta satisfactoria. ¿Nos conformamos o iniciamos un diálogo vocacional que nos descubre que aún queda sitio en la Iglesia?
 
 
 
4)             De las plazas y las calles de la ciudad a los caminos y encrucijadas
 
 
Ÿ    Sal de prisa… Sal e insiste.El estilo del Siervo lo marca el Señor. Se trata de salir. El siervo vive en un constante camino. De la sala del Banquete, a las calles y las plazas, a los cruces de los caminos. De hablar con Dios, en la sala de la Cena, en el espacio de la Eucaristía, a hablar a los hombres del Dios que lo ha llamado y lo envía. Un Dios al que conoce perfectamente, porque está en constante diálogo con Él. Y de hablar a los hombres y con los hombres, en medio del mundo, a conversar de nuevo con su Señor sobre el modo en que ha sido realizada la misión. Por eso, el siervo sabe, en cada momento, cómo ha de realizar la misión, a quién ha de dirigirse, qué lugares ha de recorrer y cómo han de ser los tiempos.
 
Ÿ Sal de Prisa… Sal e insiste. El evangelio es tarea urgente para el discípulo: ¿Siento que el Señor me llama a llevar urgentemente el anuncio del evangelio a quienes no lo conocen en los ambientes en que vivo? La llamada del Señor es siempre insistente, Dios no retira jamás su llamada. Cuando propongo la fe o el diálogo vocacional a alguien, ¿desisto ante la primera negativa o procuro insistir hasta que se dé la primera respuesta?
 
 
5)             Hasta que se me llene la casa
 
Con frecuencia, lo que Dios experimenta es que se le vacía la casa: Se marcha el hijo pródigo (Lc 1511-13), algunos discípulos abandonan (Jn 660-71)… Y, a veces, los que se quedan no son precisamente la alegría del Padre: el hijo mayor, después de llenar de reproches la alegría festiva del Padre, se niega a entrar en su casa (Lc 1525-30). Sin embargo, el sueño del Padre fue siempre tener la Casa llena. Un sueño incumplido en la historia de los hombres. El trabajo del Siervo de la Parábola se inspira en la actitud del Padre del hijo pródigo. Por eso, la vocación del discípulo es convocar a la Sala de la Cena, hasta que la Casa del Padre se llene. Y esta vocación tiene dos tareas: buscar, esperar, acoger, salir al encuentro… y salir a la puerta de la Casa. El Siervo descubre que su vocación es acoger a los alejados y persuadir a los cercanos, hasta que entren, se sienten en la Mesa del Señor y se llene la Casa del Padre.
 
 
Ÿ Hasta que se me llene la Casa. La Casa del Padre no estará llena hasta que estén todos. ¿Veo una llamada del Señor en cada persona que aún no siente suya la Casa del Padre, la Iglesia?
 
 
Oración
 

Saldremos a los caminos, Señor de nuestra vida.
Saldremos a los caminos de la historia,
al encuentro del hombre, sano o enfermo,
joven o anciano, ciego o lúcido, pobre o satisfecho.
Saldremos con una palabra que anuncie el Evangelio.
Señalaremos tu Casa, hablaremos de tu Mesa,
del Pan que nos repartes, que sacia nuestras vidas.
Hablaremos de tu Hijo, del Pan de la Eucaristía,
de la Sala de la Cena, de la Iglesia del Señor.
Llamaremos en los cruces, y en las calles y en las casas,
hasta que todos respondan,
hasta que se llene tu Casa,
de hombres en fiesta, que celebran tu Cena,
de hombres y mujeres, ancianos y niños,
de jóvenes que sueñan,
que es posible otro mundo,
construido con sus manos,
según tu proyecto.
De enfermos y ancianos,
que siguen creyendo
que tu pan los sostiene en el camino de la vida.
Saldremos a las plazas, donde se vende la vida,
donde se compran los sueños.
Recorreremos las calles,
donde el ruido y las prisas silencian tu nombre.
Entraremos en las casas,
donde, en torno a una mesa,
al calor de una familia,
el hombre aún lucha por creer en la vida.
Y llamaremos a todos,
invitaremos a todos,
para que vengan con nosotros,
y se sienten a tu Mesa,
para que se vistan de fiesta
y ocupen todos su sitio,
hasta que tu Casa se llene, por días sin término. Amén.