Papa Francisco, en su Mensaje para la presente Cuaresma centra su alerta en que los “falsos profetas”, engañando a la gente, amenazan “con apagar la caridad de los corazones”.

Sin duda es un drama evidente, real, una amenaza constante: que por el crecimiento de la maldad se “enfríe el amor”, se cansen los buenos de hacer el bien, se pierda el “amor primero” en los consagrados, en los esposos, en los pastores, en los creyentes. Se pase de habitar en los espacios donde hay amor, con todo lo que este conlleva, a los espacios fríos del amor inexistente. De ahí que el Papa haga referencia a Dante, que “en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en su trono de hielo, su morada es el hielo del amor extinguido”.

La falta de amor; así es la vida sumida en la más lacerante frialdad e insensibilidad, es como estar ciego y sordo, insensible para cuanto rodea nuestro yo y el propio interés, insensibles ante Dios, ante los demás, ante la propia Creación que nos rodea, maltratada, herida profundamente, convertida en casa enferma en la que habitamos.

Tras señalar como causa “ante todo”, que apaga la caridad, la “avidez por el dinero”, ‘raíz de todos los males’ (1Tm 6,10), el Papa apunta a continuación al “rechazo de Dios”, así como a la “violencia” contra el prójimo al que suprimimos o sencillamente ignoramos en nuestra vida.

En estos días de Cuaresma la Palabra se encarga de recordarnos cuál es la respuesta de Dios ante nuestro “rechazo” hacia Él, cuál es el comportamiento de Dios hacia sus hijos. Así lo vemos en las palabras de Jesús (relato del “hijo pródigo”, Lc 15,1.3.11-32), siempre en el corazón de la Cuaresma, en las que nos sigue mostrando el insólito comportamiento del Padre ante sus hijos: tanto ante los que “se van”, como ante los que “se quedan”.

Así es nuestro Dios, al que rechazamos, y que nos sigue hablando en ésta parábola. Así es el Padre, dice Jesús: El sale corriendo a nuestro encuentro con tal de recuperarnos. Es el sentido del perdón cristiano: nace de Dios, incluso antes de que surja en nosotros el arrepentimiento. Lo que se nos pide es el acoger el perdón, reconocerlo. Podríamos decir que la escena del padre que abraza al hijo es el icono más claro del sacramento de la Confesión, un gran icono en el que resuena el todavía cercano “Año de la Misericordia” y que siempre ilumina nuestra más profunda y auténtica Cuaresma.

Tal y como de modo entrañable leemos en las palabras de Jesús, el padre de la parábola parece no saber estar sin sus hijos, y por ello sale también al encuentro del hijo mayor, que no quiere entrar: también él debe abrazar al hermano. Sí, Dios es justamente así, aunque lo “rechacemos”: nos precede siempre en el amor, y corre hacia nosotros pecadores, con el abrazo para enseñarnos a abrazarnos los unos a los otros. El tiempo de Cuaresma es un tiempo oportuno para vivir la riqueza y la alegría del perdón, ya sea en la Confesión o, también, en la reconciliación entre los hermanos.

Y al igual que frente al rechazo de Dios, y al igual que frente al rechazo del prójimo, frutos ambos de un “corazón frío”, sin sentimientos, sin entrañas de ningún tipo, Jesús reivindica el amor, el perdón, la misericordia, en la parábola de S. Lucas, también leemos estos días en S. Mateo las palabras de Jesús por las que este, nada menos, se nos identifica con el prójimo en su necesidad.

En Mateo 25, 31-46, se nos habla, se nos examina, de la relación que cada uno ha tenido con el Hijo del Hombre presente en cada hermano en necesidad durante su vida; se nos dice, nada menos, que el encuentro decisivo entre el hombre y Dios (decisivo porque sobre ello seremos juzgados de forma definitiva) tiene lugar en nuestros encuentros de todos los días, en el ofrecer ayuda al que la necesita, acoger y proteger a quien está abandonado.

Es bueno preguntarse si tanto nosotros como nuestras comunidades viven esta dimensión cotidiana de la caridad: si estamos de su parte, o si, por el contrario, estamos en la parte de quienes ejercen rechazo, “violencia”, como señala el Papa, contra: “el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas”.

Más allá del Mensaje que nos ocupa, Papa Francisco, plenamente consciente de que todos seremos juzgados en relación a esto, nos recuerda constantemente una extraordinaria verdad: “Toquemos la carne de Jesús tocando la carne de los pobres”. Es una de las verdades más hermosas y revolucionarias del Evangelio, que nosotros los cristianos estamos llamados a vivir y a testimoniar. Que esta Cuaresma sea gracia que ilumine y despierte nuestros corazones enfriados en el amor.

Nuestras comunidades cristianas deberían ser escuelas que ayudaran a que nuestro corazón fuera transformado; pero qué hacer cuando lo que se ha enfriado “también” es el amor “en nuestras comunidades”, como señala el Mensaje. Y nos remite a “Evangelii gaudium”, donde mostraba “las señales más evidentes de esta falta de amor: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse solo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero” (EG 76-109).

Solo su gracia puede cambiarnos y puede cambiar nuestras comunidades. En estos días, propicios para la conversión, supliquemos no solo por dejar el corazón de piedra y volver a tener un corazón de carne, cálido, sensible, con amor en cada uno de nosotros, sino también en la realidad viva de nuestras comunidades; es la ansiada conversión también en la pastoral, en la vida real y cotidiana de nuestras iglesias, que significa no solo volver al Señor y verle en los necesitados, sino salir a buscar, salir a testimoniar con el mismo amor que Cristo vino y se entregó; único amor capaz de cambiarnos y darnos la salvación.

Con mi bendición y afecto para todos

 

Jesús Murgui Soriano.

Obispo de Orihuela-Alicante.

 

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